Mi amigo empezaba a salir con una chica nueva. Se le veía, dentro de su estado de inexpresividad habitual, contento y con la vista puesta en un futuro que se adivinaba brillante. Yo, a ella, la conocía de apenas un rato de una noche hacía un mes. Parecía buena chica, y tenía un buen escote.
Era viernes noche. Me dijo que se iba a cenar con ella y que si me apetecía ir con ellos. Terminamos en una pequeña pizzería: él, ella, yo. Pedimos una botella de vino y empezamos a charlar. Yo estaba sentado al lado de la puerta, y cada vez que entraba alguien, una mano helada se me colaba por la rabadilla y me ascendía hacia el cogote.
Ella empezó a hablar de mi amigo:
—¿Pues sabes lo que ha hecho tu amigo? —decía, y luego procedía a desgranar alguna anécdota en la que “mi amigo”, que tenía nombre y estaba sentado a la misma mesa, había faltado a sus extrañas y disparatadas expectativas sobre los hombres.
Apuré el primer vaso de vino. Antes de que llegaran las pizzas, mi amigo ya era responsable del hundimiento del Titanic, de la inflamada caída del Hindenburg y del azote del ébola en el continete africano. A pesar de tanto protagonismo, mi amigo seguía sin tener nombre. Más que a queso, a tomate y a pan tostado al horno, aquello empezaba a oler a chamusquina.
La breve pizzería debía de albergar unas seis mesas además de la nuestra. La gente bebía, fumaba y comía con todo lo que tenía. A mi derecha había una mesa de chavalas, algunas de ellas de buen ver, con sus pertinentes escotes a pesar de que fuera los grados se contaran con los dedos de una mano. Por fin llegaron las pizzas.
Mis ojos se dirigieron hacia el plato que el camarero había aparcado ante mí. Mis manos tomaron una porción de pizza y comenzaron a llevarla hacia la boca. En ese momento oí algo así como una bofetada. Levanté la vista sobresaltado.
A juzgar por la postura de mi amigo, la bofetada había recaído sobre él. No había sido una bofetada, sino más bien una suerte de fantástica colleja de esas que en las películas sólo reciben los tontos del pueblo. Sus hombros todavía estaban levantados y su gesto desencajado. Me pregunté qué carajo habría pasado. Probablemente fuera algún tipo de broma entre ellos cuyo sentido me sería imposible comprender.
—¡No las estaba mirando! —protestó mi amigo.
Mi cerebro empezó a recomponer la escena, y el resto de mi cuerpo se negaba a aceptar que allí estuviera sucediendo lo que mi cerebro decía que estaba sucediendo. ¡Error de interpretación!, decía una parte de mí, pero las evidencias resultaban aplastantes.
—¡No me mientas! —le replicó ella fuera de sí.
Aquello era irreal. De repente me encontraba metido en el capítulo 666 de Betty la fea. La boca abierta, el trozo de pizza a apenas unos centímetros de las fauces, incapaz de reaccionar, incapaz de hacer avanzar mi propia película ni hacia adelante y ni hacia atrás.
No recuerdo cómo terminó la escena. A veces mi mente edita mis propias películas por motivos que desconozco. Lo que me sorprende no es que Apple vaya a meter un editor de vídeo en un teléfono, sino que yo tenga uno en mi cabeza. El caso es que, de alguna manera, el episodio concluyó y después pusieron un documental sobre la exploración del espacio. En los intermedios ponían cortos sobre cómo mi amigo había faltado a las extrañas y disparatadas expectativas de aquella chica. Si se trataba de anuncios de una película, iba a tener que ir a verla al cine.
—Oye, ¿”mi amigo” no hace nada bien? —le pregunté después del trailer número 33.
—Sí, si no no estaría con él.
Pero claro, mejor se lo ocultamos, no se vaya a pensar que es un tipo digno después de todo.
Superman era invencible. Podía volar, ver a través de la ropa con sus rayos X, su fuerza era brutal e inconcebible. Sin embargo, en presencia de la criptonita, aquel extraño mineral, se veía despojado de todos sus poderes y se convertía no ya sólo en un hombre normal, sino en una pálida e inerme sombra. Muchos pensarán que los tebeos de Superman son una metáfora de la lucha entre el bien y el mal en el Universo. Ni mucho menos.
Cada hombre es Superman, y su criptonita es un chocho bien envuelto. Esta historia no se escribe en cómics sino que se emite en episodios en cada esquina de la ciudad. Observa con detenimiento y verás a hombres hechos y derechos convertirse en pálidas e inermes sombras en presencia de un cacho de criptonita. En un momento se despojarán de su toda su dignidad, de todo su amor propio. En un momento renunciarán a valorarse en su justa medida y escribirán con ello el primer capítulo del siguiente drama de sus vidas. Bajarán la vista, callarán y le darán un mordisco a un trozo de pizza caliente, en vez de coger la servilleta, limpiarse la boca y decir:
“Sí, claro que la estaba mirando. No sólo a la del escote, sino también a la de delante de ella. Están ambas como quesos de buenas. Soy un hombre, y me gustan las mujeres. Está en mi naturaleza más profunda. Las llevo mirando y apreciando desde que empecé la pubertad. En cuanto a ti, esta es la primera y la última vez que me das una colleja. De hecho, esta es la última vez que me ves o hablas conmigo. Buenas noches, y buena suerte”.
Mi amigo se levanta, saca la cartera y deja un billete de 20 euros sobre la mesa. Se pone la cazadora y sale por la puerta. Yo hago lo mismo. Ella se queda sola con el gesto desencajado y tres pizzas sobre la mesa. Cierro la puerta de la pizzería y dejo atrás su atmósfera húmeda y calenturienta. Cuando le alcanzo, le paso el brazo por encima del hombro y le digo “De mayor quiero ser como tú”.
Pero no fue así como terminó la serie, ni mucho menos. Se rodaron muchos y sorprendentes capítulos, con escenas geniales e inverosímiles giros de guión. Afortunadamente, el final fue feliz: él la sacó de su vida.
Superman, levántate. No es la criptonita; eres tú.
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